Cuerpos en tensión

Escribe DulciNea Segura Rattagan

La ciudad de la furia tiene en esta temporada dos propuestas de danza que queremos resaltar. Ambas evidencian vínculos con el cuerpo que hacen pensar en los usos y abusos del cuerpo en esta sociedad.
Amanuenses y La Wagner. Las dos piezas son muy diferentes entre sí y sin embargo en cada una de ellas se puede observar el sometimiento del cuerpo como parte de los mecanismos de poder que actúan en la vida social.

Nuestro sur querido y colonizado encuentra múltiples formas de sobrevivir. La resiliencia de la población se expresa también en el ámbito cultural, que no muere por más que quieran matarlo. La danza, casi la última de la fila, se recicla como puede y produce creaciones diversas, liminales, torcidas, indefinibles, experimentales, pero que siempre ponen el cuerpo en movimiento y desde allí plantean, cuestionan o tensionan las relaciones que establecemos con el cuerpo y desde los cuerpos.

Amanuenses hace alusión con su título a la actividad manual de aquellos antiguos copistas que tomaban nota de todo para que quedara su registro. Saltando los siglos, esta propuesta ubica la acción en una típica y burocrática oficina que en la gran urbe post pandemia parece casi extinguida. Allí, un grupo de oficinistas monótonos juega con los movimientos rutinarios de las tareas propias de su labor. Pero estos personajes las empujan al límite, hasta que alcanzan otra dimensión.

Quienes le ponen el cuerpo convierten un día cualquiera de oficina en un mundo estrambótico lleno de clichés que se desarman en situaciones de lo más delirantes. A través de movimientos estereotipados configuran una coreografía rítmica, sonora y corporal con el humor de Tiempos modernos, la película muda protagonizada por el gran Charles Chaplin.


La obra, definida como comedia física por su directora Constanza Feldman, puede hacer reír, pero también lleva a pensar en el sometimiento del cuerpo del trabajo.

El efecto maquinal de determinados movimientos que son necesarios para cumplir la tarea de una oficina o de una fábrica y realizados durante una gran cantidad de horas, muestra el nivel de alienación que puede poseer un cuerpo (en toda su integridad psicofísica). Ya hablaba el filósofo Foucault de esta dominación corporal y su relación con el poder. En esta pieza está presente también esta alusión a la restricción corporal por efecto de la sujeción laboral (la esclavitud moderna).

Acá los cuerpos de un músico y cuatro intérpretes, entre actores y bailarines, convierten esa rutina mecánica laboral en un universo disparatado en el que también lo manual tiene un valor en sí. Aunque estos oficinistas no producen nada concreto con sus actividades, ese caos sucede en estado de presencialidad. De esta manera, Feldman trae la inquietud por la realización de trámites en oficinas virtuales en las que no existen los papeles ni los oficinistas, porque es una computadora con respuestas estandarizadas quien atiende del otro lado.

Es en ese sentido que la gacetilla sostiene que la obra también es “una declaración de amor a la materialidad de una época cuyos vestigios tienden a desaparecer”. Y si se quiere, un pedido a no perder la presencia de los cuerpos, con toda la potencia que tienen cuando se juntan.


La Wagner es una obra con historia. Estrenada en el año 2013 por el músico, intérprete y director Pablo Rotemberg, es la creación con mayor continuidad en la cartelera de todas sus propuestas, con temporadas en salas porteñas casi todos los años desde su primera aparición en el Cultural San Martín.

La pieza pone en escena a unas potentes mujeres que sobresalen en medio de la música de Richard Wagner. La composición musical tiñe de dramatismo la sala. “De este cruce resulta una ceremonia tenebrosa, iluminada por destellos de ironía y excesos ‘operísticos’”, señala Rotemberg. Las intérpretes, entre la calma y la ira, bailan poseídas como unas valquirias a punto de decidir quién morirá para ser llevado al Valhalla, el paraíso vikingo donde entran los muertos que han sido más valientes en combate. Entendemos que las valientes son ellas que le ponen cuerpo, alma, sudor y lágrimas, a esta creación.



En escena bailan danzas que son batallas cargadas de violencia física, sexual, psicológica, y otras más que se pueden identificar claramente como violencia de género. Los trances en las que parecen sumergirse las mujeres denuncian el sometimiento y abuso de los cuerpos femeninos y feminizados. Expurgan sus dolores arrojándole al público situaciones desesperantes emocionalmente, pero que también son exorcismos kinéticos que poseen un despliegue físico abrumador. “Pero este cuerpo posee la inteligencia y la potencialidad de poner tal estado de cosas patas para arriba y de re-crearse en una instancia post-género”, como indica su director.

El desnudo es brutal en estos cuerpos que se convierten en objetos cuya violencia excede y atraviesa límites que pueden incomodar a la platea. Sin embargo, esa agresión literal puede recordar también los femicidios que suceden cada 35 horas en Argentina.

Las obras son parte de su contexto y no pueden escapar al diálogo con la realidad. El público queda atrapado en la fuerza dionisíaca de la coreografía, en la belleza del desnudo, en el lenguaje de movimiento. También se conmueve o se irrita, pero no queda indiferente.

Las tensiones que planteamos al inicio suceden en esta propuesta entre el erotismo que puede evocar un desnudo femenino y la violencia que se ejerce sobre ese cuerpo. Un ejercicio de violencia que también forma parte de mecanismos de poder y sujeción que establecen que unos cuerpos (habitualmente masculinos y heterosexuales) están habilitados para someter a otros (femeninos o feminizados). Estructura jerárquica sobre la que se erige nuestra sociedad y que debemos continuar desarmando para tener una vida libre de violencia.

Ambas piezas nos muestran una corporalidad atrapada en una estructura de poder que la apresa, que la fuerza a ser un engranaje más del sistema capitalista patriarcal, que la somete para que la rueda continúe girando a costa de lo humano.

Las dos propuestas, con sus diferentes planteos y tonalidades escénicas, así como con las atmósferas afectivas que generan, nos invitan a reflexionar desde la empatía kinestésica, desde los afectos que suscitan, desde el pensamiento crítico que pone a los cuerpos en tensión. Esa es la potencia simbólica del cuerpo y de la danza, y esa es también su fuerza política.

Amanuenses: Domingos de agosto 19.30 / miércoles de septiembre 20.30 en El Galpón de Guevara
Guevara 326 – Web: http://www.galpondeguevara.com

Ficha técnica: Elenco: Martín Bertani; Constanza Feldman; Juan Jiménez; Emmanuel Palavecino.- Composición y música en vivo: Pablo Viotti.- Escenografía: Ariel Vaccaro.- Iluminación: Matías Sendón.- Vestuario: Estefanía Boness / Melina Benitez.- Modista: Marita Dieguez.- Diseño gráfico: Andrés Mendilaharzu.- Colaboración en dramaturgia: Agustín Mendilaharzu.- Coach vocal: Julia Morgado.- Prensa: Antonela Santecchia.- Redes: Un mambo menos.- Producción: Carolina Stegmayer.- Asistencia de dirección: Lourdes Elias.- Idea y dirección: Constanza Feldman.-

La Wagner: sábados 22 y 29 de agosto 22:30, sábado 5 de septiembre
en Espacio Callejón – Humahuaca 3759 – Web: https://www.instagram.com/espacio_callejon/

Dramaturgia y dirección: Pablo Rotemberg.- Intérpretes: Ayelén Clavin, Lucía Cuesta, Carla Di Grazia, Carla Rímola.- Iluminación: Fernando Berreta.- Objetos: Mauro Bernardini.- Diseño de espacio: Mauro Bernardini.- Edición musical: Jorge Grela.- Banda de sonido: Jorge Grela, Phill Niblock, Pablo Rotemberg, Armando Trovajoli, Richard Wagner.- Sonido: Guillermo Juhasz, Facundo Montoya.- Fotografía: Alejandro Carmona, Paola Evelina Gallarato, Juan Antonio Papagni Meca, Hernán Paulos.- Asistencia de dirección: Azul Berra, Carla Rímola.- Colaboración artística: Martín Churba.- Coreografía: Ayelén Clavin, Carla Di Grazia, Josefina Gorostiza, Carla Rímola, Pablo Rotemberg.-

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